Y una vez más le golpeó con furia. Y ella cayó al suelo, abatida. Y no se quedó en el suelo, se siguió hundiendo, como de costumbre. Sus palabras dolían más que sus golpes, y se sintió sin fuerzas, desvalida, miserable. Y mientras descendía en el oscuro y frío barro infectado de mentiras, amenazas y chantajes, llegó a pensar que se lo merecía. Y de su alma brotaron desgarradoras lágrimas que cortaban y quemaban a su paso. Allí yacía, aterrorizada, temblando. Tendida como un cuerpo sin vida, como un alma sin sueños, como unos ojos sin dueño.

Y en el más inesperado momento, en un lugar donde la esperanza nunca se atrevió antes a entrar… Apareció una Luz.

Blanca, brillante, cegadora. Una bomba de energía que con su resplandor inundaba la oscuridad, apagándola e inutilizando su poder.

Poco a poco ella abrió los ojos, doloridos por tanto tiempo en la sombra. Y miró a su alrededor. Y vio que no estaba sola.

Una voz le susurró; “Tu puedes”, y le tendió una mano. No para salvarla, si no para ayudarle a levantarse y que ella se salvase a sí misma. Le tendió la mano para darle el arma, el coraje.

“Lucha y vence. Eres poderosa, eres valiente. Confío en ti.” Le dijo la voz.

Ella levantó la cabeza, empuñó el hacha con fuerza y plantó cara a sus miedos. Los miró de frente y ellos retrocedieron. El dolor se convirtió en rabia, y dijo en voz alta: “Nunca más”. Y decidió poner fin a todo aquel tormento. Luchó por ella misma. 

En ese momento se dio cuenta de que era capaz de defenderse, que no iba a tolerar ni un segundo más aquel infierno. Que se merecía ser feliz. Ser libre. Disfrutar del sol y las estrellas. Que el chantaje no iba a funcionar nunca más. Que sus palabras no entrarían de nuevo en su mente. Se alejó de él, y no sintió lástima. Creó una sólida barrera que le protegía y no le dejaba entrar. Un muro sin fisuras, que por más que él lo intentase no podría quebrantar jamás.

Abrió los ojos y se dio cuenta de que él era un ser miserable que no se merecía compasión. Y contempló como él se quebraba ante sus ojos. Y ahora era él el que suplicaba, el que lloraba, pero ella le miraba impasible, fuerte. No cedió ni un instante.

Y él desapareció por fin, frágil, hundido, arrastrándose como el ser despreciable que era. Y volvió a sumergirse en el putrefacto fango donde la había apresado a ella, pues ese era el sitio donde él debía estar.

Ella se alejó con pasos firmes, sin mirar atrás. Y volvió a ser ella misma. Fuerte, salvaje, libre, poderosa.

Y nunca más dejó que nadie le robase su identidad.

Aun se puede oír su grito de guerra, pues el coraje nunca la abandonó.

Mujer sin miedo