EL JARDÍN DORADO

En una aldea escondida entre montañas, de la que muy pocos sabían el camino y muchos menos su existencia, crecía un hermoso jardín de flores de oro. En el mismo centro de la aldea, no más de una decena de estas flores se alzaban para otorgar un aspecto mágico a cada amanecer. Los habitantes las cuidaban y admiraban por su increíble belleza y majestuosidad. Era casi un ritual acercarse a contemplarlas cada mañana, y sin duda este hecho cotidiano confería a la aldea un aura donde reinaba la felicidad y la armonía.
Un día, durante el tranquilo trajín de los aldeanos apareció un viejo, vestido con largas túnicas roídas y desgastadas que evidenciaban el largo recorrido que llevaba a sus espaldas.
En pocos minutos todos conocían la noticia de la llegada del forastero y, poco a poco, la gente se fue congregando en la plaza. Se formó un corro alrededor de él y un silencio sepulcral invadió el lugar, ante semejante expectación el anciano se dispuso a narrar sus andaduras. Cuando la mujer más anciana de la aldea, conocida como Sabeba, llegó frente al bullicio, se fue abriendo un camino delante de ella.
Los relatos que habían dejado atónitos a los espectadores, dieron paso a una conversación no menos interesante. El anciano se identificaba como "El Peregrino" y venía desde los más lejanos países en busca de "la flor mágica". Aseguraba llevar años buscándola. La noticia provocó gran revuelo en el gentío, pero Sabeba puso orden enseguida y pidió explicaciones al forastero.
Éste les contó que su nieta había nacido sin movilidad en las piernas y no era otro su deseo sino que su pequeña pudiese caminar, razón por la cual había emprendido aquel viaje hacía tantísimos años. Un murmullo invadió el lugar, la anciana, intuyendo el efecto que causaría todo aquello en sus aldeanos, decidió posponer la charla para el día siguiente. Se acogió al peregrino y se le ofreció comida y cama. Se citó la asamblea a las 10 de la mañana en el mismo lugar, Sabeba prefería meditar sobre lo sucedido hasta entonces.

A la salida del sol ya estaba todo el mundo congregado con gran impaciencia, así que se adelantó el evento unas horas. La anciana dio unos cuantos consejos y apreciaciones sobre lo sucedido, así como suplicó que se mantuviese la calma. Dio paso al peregrino, que empezó a relatar su historia.
 - Tendría mi hija 28 años cuando dio a luz por segunda vez, como ya dije ayer una preciosa niña con parálisis en las piernas. Acudimos a todos los médicos, terapeutas y sanadores del país, pero todos coincidían en lo mismo, la niña jamás podría andar. Un buen día, se presentó en mi casa un curandero, conocedor de nuestra desdicha, y me propuso la solución al problema. “En una aldea muy lejana, escondida entre montañas, de la que muy pocos conocen el camino y muchos menos su existencia, se haya un maravilloso jardín de flores de oro. Cuentan, que entre todas las flores existe una con especial brillo, ya que de ella se dice que da el don de la salud y la longevidad a quien la posee. Si consigues dicha flor, tu nieta podrá caminar”.
            Era cierto que había infinidad de mitos sobre el jardín dorado, incluso se habían compuesto canciones al respecto, pero nadie había escuchado hablar sobre esta supuesta leyenda. Los aldeanos estaban intrigados e inquietos. Sabeba estaba meditando sobre la situación, no era una persona que hablase a la ligera.
            A pesar de que ésta era una aldea pacífica y tranquila, los pequeños alborotadores empezaron a dominar la situación, porque como es sabido, en toda comunidad hay gente que no duda ni un segundo en dar su opinión, es más, estos sujetos se suelen congregar y opinar a gritos para hacerse oír. Ante aquel revuelo, la anciana decidió convocar el Consejo de la Canoa, un acto donde se reunía un limitado número de personas a bordo de una de estas pequeñas embarcaciones y se adentraban en el lago a deliberar. Se decía que las calmadas aguas y el susurro de los arroyos ayudaban a tomar las mejores decisiones. Pocas veces se había tomado esta medida, razón por la que en aquel momento apenas se recordaban los miembros electos para el consejo.
            Remaron hasta perder de vista la orilla de la aldea. Paulatinamente los aldeanos fueron retomando sus quehaceres. El peregrino intentó pasar desapercibido, había superado grandes desafíos hasta encontrar la aldea, pero quedaba lo más difícil. Ahora que por fin había encontrado la flor de oro, ¿podría hacérsela llegar a su nieta? Si el Consejo de la Canoa decidía que no podía cogerla, todo este viaje habría sido en vano. Meditabundo llegó a una buena sombra, y dado que todo esto no estaba ahora en sus manos, decidió echarse a descansar.
            Al día siguiente a la misma hora, se reunieron todos en la plaza. La anciana expuso de nuevo los motivos por los que se habían reunido y remarcó los puntos importantes del asunto.
-Una persona ha venido a nosotros en busca de ayuda. Su petición es llevarse una de las flores del jardín de oro. Sus motivos son más que justificables, y de buen grado me gustaría dársela sin más, pero es una decisión delicada. Sé que muchos os preguntáis si la leyenda es cierta, y la respuesta es sí. Existe una flor que posee las propiedades curativas que el peregrino mencionó.
            Inevitablemente la gente empezó a comentar en pequeños grupos. Se levantó un ligero murmullo y pronto alguien opinó en voz alta:
-¿Cómo no vamos a dársela?
La mayoría de las cabezas asentía, todos parecían estar de acuerdo en que era lo más oportuno. Cuando reinó de nuevo el silencio, Sabeba continuó:
 -Comparto vuestro parecer, si la flor puede curar a la niña lo más sensato es llevársela
cuanto antes, pero esta decisión debemos tomarla entre todos y para ello debéis conocer
toda la información.
Esto último pareció desconcertar a los lugareños. De una manera casi imperceptible, el círculo se fue cerrando. Nadie quería perderse detalle, así que cada vez estaban más juntos, más apiñados. Sabeba empezó a sentirse invadida, así que subió un par de peldaños de la escalera y prosiguió:
-Cuentan las más antiguas leyendas, que de entre el jardín dorado brota una flor mágica. Una flor que otorga salud y longevidad a quien arranca su último pétalo. No obstante, no hay manera de identificar cuál de ellas es la elegida. No hay nada que la diferencie ni la distinga del resto. Todas son únicas y a su vez igualmente hermosas. La persona que corta una de ellas destina a las demás a su fin, ya que solo pueden vivir mientras se mantengan unidas. Sólo existe una flor dotada de estas maravillosas cualidades y en cuanto una de ellas es separada del resto, las demás se mustian velozmente hasta volver a la tierra de donde nacieron, por tanto sólo existe una posibilidad de dar con ella.
            Al peregrino se le encogió un poco el corazón. ¡Qué amargo destino destruir semejante belleza! Una sombra de temor le invadió ante la posibilidad de que toda esperanza se desvaneciera entre sus dedos.
-Queda por desvelar la información más relevante para nuestra comunidad. Una vez el jardín haya desaparecido nuestro pueblo deberá abandonar el valle. Los viejos manuscritos citan que, llegado el momento, se deben recoger los restos del jardín y trasladarlos a otras tierras. Un antiguo mapa indica las coordenadas exactas del nuevo emplazamiento.  Se trata de un lugar lejano y desconocido por nosotros. Deberíamos cargar con nuestras pertenecías y marchar hasta allí, construir nuevas casas, nuevos huertos, nuevas granjas... Calculo que hay cuarenta lunas de distancia.
Si el jardín no es replantado en el lugar exacto, jamás volverá a brotar. La misión de nuestro pueblo es salvaguardar las flores de oro, así que no podemos abandonar nuestro cometido.
Ahora nos queda decidir si estamos dispuestos a afrontar este cambio, si queremos dejar atrás las tierras donde nacimos y crecimos. Es una decisión difícil y vale la pena tomarse un tiempo,  que cada uno busque en su interior y tome la decisión que considere oportuna.

            Cuando el reloj de la plaza apuntó al siete, Sabeba tomó de nuevo la palabra.
-Bien, estimados vecinos, estoy segura que entre todos tomaremos la decisión más sabia y justa. Vamos a proceder a hacer una votación alzada. -Todo el mundo se sentó-. El que esté de acuerdo con entregar la flor y que así este hombre tenga la oportunidad  de salvar a su nieta, estando de acuerdo a su vez con la peregrinación que esto implica, que se alce. Por el contrario, las personas que estén en desacuerdo a esto, que permanezcan sentadas.
La gente se tomó su tiempo, algunos dudaban todavía, otros cambiaban de decisión en el último momento. Se fue calmando el ambiente, y la gente que se había alzado empezó a organizarse a un lado de la plaza.
Se realizaron varios recuentos hasta dar con la indeseable cifra del empate.
Se concedieron unos minutos por si alguien deseaba reconsiderar su postura, pero no se produjo ningún cambio. Nunca antes se habían visto en una situación como aquella. En la apacible cotidianeidad de su aldea, rara vez se veían envueltos en votaciones tan transcendentales.
Unos gritos estridentes interrumpieron las reflexiones. Un grupo de niños y niñas irrumpió desde detrás de los setos de la plaza.
-¡Nosotros estamos de acuerdo! -Gritaron todos a la vez.
El grupo de ocho o nueve jóvenes se arremolinó hacia el grupo de los alzados. El consejo intercambió unas palabras brevemente, tras lo cual Sabeba tomó la palabra:
-Nunca se ha permitido el acceso de los menores de doce años a las asambleas, pero
también es cierto que nunca nos habíamos enfrentado a una decisión tan difícil. Por lo
tanto consideramos razonable que todas las personas, incluidas las más jóvenes, puedan
dar su opinión sobre el futuro del pueblo. Al fin y al cabo, son la parte más importante
de nuestra comunidad.
            Se oyó un aplauso que pronto contagió a la plaza entera. Incluso los que habían permanecido sentados, se levantaron y lo celebraron. El peregrino no pudo evitar derramar algunas lágrimas de alegría.
El pueblo entero festejó la decisión durante toda la noche. Comieron, bebieron y bailaron junto al lago. Más tarde se compusieron canciones sobre esa noche.

Llegó el día de partir. El peregrino eligió sin miedo, pensó en su nieta, extendió la mano y arrancó una de las flores de oro. Casi simultáneamente las demás cayeron al suelo, marchitándose y perdiendo su esplendor.
El peregrino aguardó unos instantes con la flor en la mano, esperando que algo mágico sucediera. Su corazón latía como una locomotora. Sabeba, intuyendo sus temores se acercó a él y le alentó:
-Debes llevar la flor de oro a tu nieta. Cuando el último pétalo caiga, sabrás si es la flor acertada.

El pueblo partió rumbo a su nuevo hogar y el peregrino a reencontrarse con su familia. Todos dejaron atrás una importante etapa y comenzaron una nueva.
Pasaron muchas lunas y muchos soles hasta que el pueblo asentó de nuevo sus cimientos. Lo que al inicio fueron unas improvisadas cabañas se fueron convirtiendo en acogedores hogares, en un nuevo entorno, aún si cabe más bello que el anterior.
Un nuevo jardín de diminutas florecillas doradas emergió de la tierra, pero esta vez su número se contaba en decenas y esto colmaba a los aldeanos de felicidad.
En  primavera, el sol se reflejaba en aquellas pequeñas maravillas de la naturaleza. Cada día era un regalo para los ojos en aquel paraje. En las noches de verano, los habitantes de la aldea solían congregarse alrededor del jardín a disfrutar del majestuoso cielo estrellado y narrar historias y leyendas. Una de esas noches, la anciana Sabeba tomó la palabra. Relató la historia del peregrino, del destino de la flor dorada. Contó cómo al llegar a casa se reencontró con su familia; su hija, sus nietos, su mujer… Todos le recibieron con gran alegría y emoción. Por fin estaba de vuelta, largo tiempo había transcurrido desde que partió. Los años y el duro camino habían pasado factura al anciano, pero todo habría valido la pena si veía a su nieta corretear con sus hermanos y hermanas.
Al llegar a casa el anciano cayó enfermo. Su desgastado cuerpo había aguantado más de lo que cabía esperar en un hombre de su edad. Sus piernas estaban cansadas y sus manos agrietadas, pero sus ojos aún brillaban al contemplar a su familia reunida.
La puerta de la habitación se abrió, su nieta entró en la silla de ruedas. Sobre sus rodillas brillaba la flor de oro, apenas un par de frágiles pétalos colgaban de su tallo.
La niña se acercó a la cama, él intentó incorporarse para recibirla pero apenas consiguió alzarse unos centímetros. Ella le cogió de la mano y le dijo:
-Sé que has recorrido un largo camino para conseguir la flor mágica, abuelo. No sé como agradecértelo. Deseo con todo mi corazón poder correr, saltar y perseguir
mariposas por el campo. Deseo mover los dedos de mis pies y juguetear con la arena de
la playa, chapotear en la orilla y correr mar adentro, nadando entre los peces de colores.
Pero todo esto no tiene sentido si tú no estás.

La niña alargó la mano y posó la flor de oro sobre el pecho del anciano.
-Prefiero compartir mi vida contigo, que caminar toda una eternidad sin ti.
El último pétalo se desprendió del tallo y un brillo cegador inundó la estancia por unos segundos.