-De nuevo aquí viejo amigo -dije como si alguien pudiese escucharme.

Los caminos se bifurcaban, yo ya había estado allí antes. No en aquellos caminos, pero sí en otros parecidos. Otros caminos que se alejaban desde el mismo punto desde donde mis pies se encontraban, y de los cuales no se veía el final.

Las mismas dudas acuñaban los bordes de ambos senderos. Las mismas promesas vacías, los mismos temores.

Miré atrás. No recordaba qué camino había cogido la última vez, ¿cómo había llegado hasta allí? No podía volver, tampoco lo deseaba, pero un cierto anhelo me acompañaba entonces, en el momento de decir adiós.

Las eternas dudas, la incertidumbre, todo ello me hacía sombra en el momento que tanto había deseado. El momento de partir. El momento de regresar. ¿Regresar a dónde? Tampoco tiene uno muy claro a dónde pertenece. Porque al fin y al cabo vamos dejando un poquito de nosotros mismos en el camino, y el camino nos hace a nosotros también, como una especie de trueque, de pacto no hablado. Sin duda no vuelve la misma persona que se fue, muchas cosas cambian, no solo en el rostro del viajero.

 

Veo al viajero a lo lejos. No en la distancia si no en el tiempo, como si de otra persona se tratase.

De nuevo en la encrucijada. En su interior duda de si encontrará su hogar tal y como lo dejó, aunque sabe que no será así. Un último vistazo atrás, para despedir el pasado, para agradecer todo lo bueno y lo malo que enriqueció su camino, que ensalzó su espíritu y lo hizo más grande y fuerte.

Un suspiro ante las posibilidades que se abren ante sí. Los caminos no solo se abren ante sus pies, sino que se bifurcan y ramifican de manera impredecible… No puede saber a dónde va, pero no quiere quedarse quieto, decide caminar, renuncia al confort de lo conocido y se lanza a descubrir una vez más.

Toma el camino de la incertidumbre, tan escarpado como siempre, pero que tantas recompensas le ha brindado ya a su corazón.